La noticia ha sacudido las redacciones europeas esta mañana. La dibujante y directora de cine franco-iraní Marjane Satrapi ha fallecido a los 56 años. La creadora de Persépolis deja un vacío en el noveno arte y nos priva de una voz fundamental para comprender las derivas opresoras del poder contemporáneo. Aunque su trabajo suele catalogarse como novela gráfica, una lectura atenta revela un tratado de filosofía política.
Una viñeta puede albergar la misma carga ontológica que un ensayo académico. En Persépolis asistimos al choque directo entre la libertad individual y el aparato disciplinario de un Estado teocrático. Satrapi dibujó conceptos que resuenan a Michel Foucault o a Hannah Arendt. En sus páginas se palpa la banalidad del mal encarnada en los guardianes de la revolución, el biopoder ejercido sobre los cuerpos mediante la imposición del velo y la disidencia íntima como refugio del individuo. Su trazo en blanco y negro despoja a la realidad de artificios para plantear dilemas éticos sobre la alienación y el exilio.
Esta capacidad para concretar abstracciones explica el éxito de su adaptación cinematográfica como herramienta pedagógica. Resulta complicado explicar a un grupo de adolescentes en una clase de Bachillerato los mecanismos de la coacción estatal o el existencialismo apoyándose en un manual tradicional. La proyección de la película logra capturar la atención del alumnado y proporciona un andamiaje útil para debatir sobre la autonomía moral. La obra funciona como un espejo donde los estudiantes reconocen la rebeldía de la protagonista ante el dogmatismo, un factor que facilita la labor de introducir el pensamiento crítico en el aula.
La muerte de la autora nos deja sin su ironía y su mirada resistente contra el absurdo institucional. Nos queda su obra como un antídoto imperecedero para combatir el fanatismo. Constituye una demostración práctica de que la filosofía también se dibuja y de que el libre albedrío siempre encuentra una grieta para florecer entre la tinta china.
