En recuerdo de Rafael Guardiola

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Por Natalia Manivesa

Hay personas a las que uno recuerda por lo que dijeron y otras a las que recuerda, sobre todo, por cómo hicieron sentir a quienes tuvieron cerca. Rafael Guardiola Iranzo pertenece para nosotros a estas últimas.

Nuestro recuerdo nos lleva primero a Málaga, en abril de 2019, cuando viajamos con nuestros alumnos para participar en la VI Olimpiada Filosófica de España. Rafael nos recibió con una cercanía que convirtió aquellos días en algo más que una competición académica. Nos enseñó su ciudad caminando, hablando y bromeando, con esa peculiar capacidad suya para encontrar el comentario oportuno y arrancar una sonrisa casi en cada esquina del recorrido. Quienes estuvimos allí seguimos asociando aquella Málaga a su manera de acompañarnos.

Años después quisimos contar de nuevo con él en las Jornadas de Filosofía y Locura, celebradas en Ciudad Real en septiembre de 2025. Su respuesta fue inmediata. Quería venir y compartir aquellas jornadas con nosotros. La enfermedad terminó impidiéndoselo, pero no borró aquella primera disposición generosa a aceptar nuestra invitación.

Todavía pudimos encontrarnos una vez más. En enero de 2026 participó en el curso de didáctica de la filosofía organizado por nuestro compañero Jorge Sánchez-Manjavacas. Fue uno de esos encuentros en los que el contenido de una intervención acaba siendo inseparable de la persona que lo transmite. Rafael nos habló de enseñanza y de filosofía, pero quienes estuvimos allí recibimos algo más difícil de recoger en unos apuntes. Nos dio una lección de humanidad filosófica.

Por eso, desde la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, no queremos despedirlo enumerando cargos, publicaciones o méritos. Preferimos recordar al hombre que recibió a nuestros alumnos en Málaga, al compañero que quiso acompañarnos en Ciudad Real y al profesor que todavía en nuestro último encuentro consiguió recordarnos que enseñar filosofía tiene mucho que ver con la forma en que uno está con los demás.

Nos quedamos con esas escenas. Con las conversaciones, con el humor, con Málaga recorrida a pie y con la generosidad de quien siempre parecía dispuesto a encontrarse de nuevo.

Gracias, Rafael.

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